“Y Jehová dijo a Moisés: Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel”. (Éxodo 34:27)

Indudablemente en este pasaje estamos en referencia del episodio en donde fueron escritos los 10 mandamientos de Dios, en el antiguo testamento. Un encuentro especial, un cara a cara, entre Moisés y Jehová nuestro Dios y Padre Celestial, en la cima del monte Sinaí.

Recordemos que el sistema legislativo de Dios para su pueblo, se dividía en tres partes: 1. Diez Mandamientos (Absolutos de la vida moral y espiritual). 2. Ley civil que daba reglas para gobernar su vida. 3. La ley ceremonial (instrucciones para la construcción del tabernáculo y para la adoración). Todo para la enseñanza al pueblo, de la importancia de decidir, así como la de la responsabilidad.

La historia es muy larga, ¿verdad? y como tal sabemos que esto era el principio del plan de Dios para su pueblo; Él no quería desecharlo, quería cumplir aquel pacto, llevarlos a la tierra prometida y que fuesen salvos. Fue tanto el amor de Dios que decidió redimir a su pueblo, darle una nueva oportunidad, su palabra indica «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.» así es, envío a su hijo en sacrificio, por ti y por mi, por todos.

Frente a la ley ahí estaba Jesús predicando y esto se registra nuevamente en un monte, conocido precisamente como el sermón del monte o de las bienaventuranzas. Ahí estaba Jesús frente al pueblo Judío el mismo que en su mayoría hoy no le reconoce como salvador, como mesías. El apóstol Pablo afirma: «Hermanos, el deseo de mi corazón, y mi oración a Dios por los israelitas, es que lleguen a ser salvos. Puedo declarar en favor de ellos que muestran celo por Dios, pero su celo no se basa en el conocimiento. No conociendo la justicia que proviene de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. De hecho, Cristo es el fin de la ley, para que todo el que cree reciba la justicia.» (Romanos 10:1-4)

Ahora pensaras que entonces todo esto es solamente para los israelitas, más adelante el mismo apóstol Pablo continúa indicando: «No hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice abundantemente a cuantos lo invocan, porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? Así está escrito: «¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!» Sin embargo, no todos los israelitas aceptaron las buenas nuevas. Isaías dice: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje?» Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo. Pero pregunto: ¿Acaso no oyeron? ¡Claro que sí!» (Romanos 10:12-18)

 

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