“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor”. (Salmo 40:1)

Considerar la palabra paciencia, es referenciar la realidad de una persona que debe soportar situaciones no deseadas, conflictos de diferente naturaleza; que debe sobrellevar la crisis, procurando no llegar a la desesperación, por más adversa que sea su realidad; siempre con una alta convicción, con la seguridad de que la solución, la salida a esa situación llegará. Decirlo es muy fácil ¿verdad? Pero llevarlo a la práctica es otra realidad.

Algunos estudios asocian la paciencia con la madurez y perseverancia, los cuales son reconocidos en nuestra sociedad como parte de nuestros valores. De hecho un interesante concepto en este aspecto, que toma fuerza es la inteligencia emocional, lo cual se reconoce, como la capacidad de enfrentar la crisis de una mejor manera, lo que trae como resultado la posibilidad de una mejor convivencia en armonía y relación adecuada con el entorno, con los demás; lograr este principio para muchos es tener la capacidad de desaprender y aprender; por tanto es ampliar la capacidad de adaptabilidad al cambio. Interesante ¿verdad? estamos pasando desde una verdad espiritual a un concepto desde lo emocional.

Continuemos entonces. En la carta dirigida a los Gálatas capítulo 5 desde el verso 16, vemos la condición real del hombre, en relación a lo emocional y lo espiritual; las obras de la carne y el fruto del Espíritu; Es cierto, todos tenemos deseos y no podemos obviar que en su mayoría tenemos deseos de mal y no de bien, esa es nuestra naturaleza; ahora si alguno se puede sentir aludido recordemos también que la ausencia de maldad, no es sinónimo de bondad; en tal sentido enfrentar la crisis, con esta realidad emocional difícilmente lo podremos hacer; el manual de vida, nos representa que frente a este conflicto entre lo emocional y espiritual, en el hombre, puede formarse el fruto del Espíritu, que entre otros este fruto contiene la paciencia. Y es en este punto en donde debemos tener cuidado de no confundir los sentimientos, con la dirección del Espíritu Santo; ser guiados por el Espíritu involucra el deseo de oir, predisposición para obedecer y la sensibilidad para discernir entre los sentimientos y la diligencia para actuar; esto cada día. Entonces “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”

Cobra mucho sentido encontrar al rey David (El Salmista) expresando “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” vemos claramente un hombre de fe, padeciendo un sufrimiento; movido por el Espíritu Santo independiente de la situación, luchando quizás la batalla entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu, pero a la vez dando un parte de victoria. Una doble batalla que será mucho más fácil de sobrellevar y la superaremos, si somos conscientes que no podemos depender sólo de nuestras fuerzas; que es importante que estemos unidos en apoyo como hermanos y por supuesto de la acción del Espíritu Santo.

El apóstol Pablo así lo expresó en su carta a los colosenses “Por eso nosotros, desde el día que lo supimos, no cesamos de orar por ustedes y de pedir que Dios los llene del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual”

Gracias por compartir!
YouTube
Facebook
Instagram